sábado, 27 de octubre de 2018

Un día cualquiera en Ecuador por Víctor San Frutos

Sin ánimo de hacer "spoiler" y a la espera de la publicación del libro "Las Musas a un paso de la Amazonía", podéis leer a continuación una parte pequeña de lo que fue nuestro diario en tierras ecuatorianas.


Día 3. Lunes 11 de Junio 2018. (Quito – Otavalo – Laguna de Cuicocha)


Amanecía en el tercer día de nuestra aventura, aunque para Bruno, Tole y yo, no salía el sol. Despertamos a las cuatro de la mañana, confundidos con el desfase horario, apenas dormimos hasta la hora de desayunar. Comimos lo mismo que la mañana anterior, y tras prepararnos, salimos a esperar al autobusero. Esperamos, pero el transporte no llegaba, hasta que pasada media hora apareció. He de decir que la espera valió la pena. Pronto estábamos abandonando Quito y desde la carretera empezamos a vislumbrar los primeros retazos del paisaje que más adelante nos cautivaría por completo: el pico del Cotacahi (4944m) parecía haberse levantado algo más tarde que nosotros y con las sábanas aún pegadas, la cima surcaba un denso mar de nubes, hundiéndose y volviendo a emerger en un hipnótico vaivén.

Unos minutos después, la vorágine de nubes que engullía los cielos se despejaba momentáneamente para revelar la cumbre nevada del Cayambe (5790m). La nieve de la montaña se fundía con las nubes hechas jirones por el viento y parecía que la cima de la montaña se elevara hacia el cielo.

Tras un largo trayecto en autobús, hicimos una parada en Miralago, un emplazamiento con una vista privilegiada del lago San Pablo, custodiado por el imponente volcán Imbabura. Desde allí proseguimos nuestro viaje hacia Otavalo, un pequeño pueblo dedicado al comercio. Allí nos reunimos con Olga y su familia, una mujer de origen kichwa cuyos ojos reflejaban una profunda sabiduría y con quien visitamos el mercado local, donde comimos un riquísimo hornado (chancho con gran cantidad de legumbres y con camote), y el mercado de Ponchos, un mercadillo formado por un laberinto de puestos, entre cuyos cachivaches era fácil perderse.

Después de haber comprado algún recuerdo allí, volvimos a coger el bus, acompañados por Olga, que al parecer tenía un perro con el mismo nombre que Bruno. Durante el trayecto nos habló de su vida y de cómo trata de vivir en armonía con la tierra, cultivando ella misma su alimento y sus medicinas. Oírla hablar era esperanzador. Sus palabras no hacían más que reflejar el profundo respeto que sentía por la naturaleza y su más sincero anhelo por protegerla.

 Finalmente, llegamos a la laguna de Cuicocha, un enorme lago que de pronto se extendía ante nuestros ojos tras llegar a la parte más alta del camino. Era impresionante. Encontrarse de repente con esa inmensa laguna que bañaba el cráter de un viejo volcán era sobrecogedor. El agua parecía más un enorme zafiro que propiamente agua: azul y cristalina a pesar de estar estancada, y en calma, como si se tratara de una enorme balsa de aceite, cuya superficie sólo se perturbaba con las suaves ráfagas de viento que trazaban sobre esta maravilla natural un cautivador mosaico de brillos y reflejos.

Pronto estábamos navegando por el interior del cráter, en una barca que a ninguno parecía darle mucha confianza, pues con cada movimiento o con cada mísero estornudo podíamos comprometer la integridad de la embarcación. Suerte que llevábamos chalecos salvavidas, aunque de una hipotermia no nos iban a salvar. Nos acercábamos a la isla del centro del lago, pero el conductor, lejos de reducir la marcha, iba cada vez más rápido. Hubiera jurado que nos íbamos a estrellar, pero cuando ya casi podía tocar tierra, de entre la vegetación, apareció un estrecho canal que partía la isla en dos. Cruzamos, y acto seguido nos detuvimos en la orilla de una de las dos islas para contemplar como el volcán, aunque viejo, seguía vivo emitiendo ininterrumpidamente montones de burbujas.

Al terminar el trayecto en barco, subimos andando hasta un pequeño llano del cráter que guardaba la laguna, donde antaño (y en la actualidad) se hacen ofrendas a la gigante Cotacachi. Aunque el día comenzó nublado y muchos habíamos abandonado la idea de ver entera esa gran montaña, las nubes comenzaron a disolverse en el cielo como terrones de azúcar en el agua.

Y allí estábamos, todos alumnos de ciencias, arrojando a la pila de las ofrendas pequeñas piedras y con la mirada fija en el afilado pico del Cotacachi, formulando con nuestras mentes deseos que nadie más podía conocer. Tras esto, nos quedamos todas en un silencio sepulcral que sólo rompía algún pajarillo extraviado o la brisa que parecía soplar para aliviar nuestro calor. Nadie quería abandonar esa paz, esa tranquilidad, ese silencio tan idílico, pero los montes no iban a sostener por mucho más tiempo a nuestro astro rey. Cotacachi ya había aguantado mucho despejada y cuando las horas de luz se acercaban a su final, empezó a cubrirse otra vez de nubes, preparándose para el frío de la noche.

A esas alturas pensé que ya nada podría sorprenderme. Craso error. Desde el autobús, cuando volvimos a pasar por Miralago, pudimos contemplar el Imbabura en su máximo esplendor: las nubes habían cesado su incansable sitio a esta impresionante montaña y pudimos apreciar cómo las tierras de cultivo trataban de desafiar su altura, tejiendo un geométrico entramado en las faldas de este gigante. La escena parecía pintada por Guayasamín, pues aquella imagen era emocionante, cautivadora y sobrecogedora al mismo tiempo y cada punto de vista aportaba un nuevo matiz, un nuevo sentimiento.

Pero la cosa no acaba aquí porque el Cotacachi mantenía su atenta mirada sobre nosotros, siguiendo desde la distancia nuestros pasos mientras se fundía suavemente con el cielo y las nubes según se iba apagando el sol.

Sin embargo, la vista más espectacular estaba aún por llegar, pues, al cabo de unos minutos, surgió ante nuestras atónitas miradas una imagen que ninguno de nosotros podría haber esperado: el Cayambe, totalmente despejado, protegiendo el valle con el abrazo de su cuerpo de esmeralda y sus brazos de nubes blancas. Allí estaba, con su resplandeciente cumbre nevada, brillando cuando el resto de montañas empezaba a sucumbir ante la oscuridad, como un fantasma de la noche, y negándose a caer presa de las sombras.

Había sido un día largo y un tanto agotador, lo cual se reflejaba en el montón de ojos cerrados que bailaban con cada bache (y no eran pocos). Cuando llegamos a Quito fuimos a cenar a un “chifa”, un restaurante de comida china, donde comeríamos una media de un kilo de arroz por persona. El cansancio era palpable y el tema de discusión entre Marta y Sara nos delataba:     “¿ filosofía eudemonista, deudemonista?” se preguntaban, y así lo estuvieron haciendo durante cerca de media hora, hasta que el interés se centró en cuanto me hincharía si me comía un cacahuete.


Cuando llegamos al hotel, Cristina me pasó el relevo de esta crónica y enseguida me puse a escribir, no podía permitir que el sueño me borrase un solo momento de este magnífico día, así que, de encontrarse algún error, se ha de culpar a Morfeo.

Mercado de Otavalo. Al rico hornado 


Laguna de Cuicocha 3100m. Cráter volcan Cotacachi

martes, 16 de octubre de 2018

A por una segunda promoción

Hemos comenzado el nuevo curso, y después del maravilloso primer viaje a tierras ecuatorianas y de una primera promoción exitosa del proyecto "Las Musas a un Paso de la Amazonía", comenzamos a dar los primeros pasos de esta segunda.

Este primer año de proyecto lo plasmaremos en un hermoso libro, pero hasta que llegue ese emocionante día, habrá que conformarse con algunas pequeñas publicaciones que llevaremos a cabo en próximas fechas.

Gracias por esta maravillosas primera promoción y bienvenida la segunda.

Pagrachu

sábado, 5 de mayo de 2018

Acercándonos

En las semanas pasadas y organizadxs en parejas, el grupo de amazonicxs nos han acercado aún más al Ecuador. Han investigado y presentado diferentes temas relacionados con el país que ya en un mes podremos estar visitando.

Han estudiado la "Situación social de la mujer en el Ecuador", "La diversidad biológica", "La población ecuatoriana" y "El turismo vs el petróleo".

Ha sido un placer aprender unxs de otrxs e ilusionarnos aún más pensando en el viaje ya cercano. 
Enhorabuena por el esfuerzo y por el cariño puesto en lo realizado.




lunes, 16 de abril de 2018

Una rifa por el ajedrez

Desde la comunidad amazónica en la que vamos a vivir nos han pedido, si tenemos la posibilidad, llevar para su escuela educativa una serie de juegos de mesa con los que puedan disfrutar sus alumnos y alumnas a lo largo del curso. Entre todos ellos han mostrado bastante interés en el ajedrez, así que esperemos que algún componente de nuestra expedición tenga maestría en ello.

Pensando en lo bonito que pueda ser pasar momentos de juegos grupales allá  y deseando que en próximos años nos encontremos con el primer kichwa de la Amazonía campeón nacional de ajedrez, nos hemos lanzado a recaudar fondos para conseguir estos juegos, poniendo en marcha una atractiva rifa.

Esta se celebrará coincidiendo con el sorteo de lotería del día 7 de junio y tiene como premios importantes donaciones de deportistas de primer nivel. 

¡Suerte y gracias por participar!


lunes, 9 de abril de 2018

Kit de superviviencia

El pasado jueves 5 de abril el grupo de expedicionarios al Ecuador junto con profesorado, sus madres y sus padres, acudimos a un acto en la Embajada ecuatoriana donde nos acercaron al país, tejimos lazos y fuimos obsequiados con un kit necesario en aquellas tierras. Este lo componían:

Un bolígrafo para el necesario diario de campaña, un chocolate del preciado cacao amazónico para recuperar las energías, un mapa para no perdernos en la mitad del mundo y un bidón de agua para no desfallecer porque Ecuador Ama la Vida.

Seguimos dando pasos....
Expedición lista
Kit para amar el Ecuador

 

lunes, 2 de abril de 2018

“SI EMOCIONA PENSARLO, IMAGÍNATE HACERLO”


*Maravilloso artículo publicado en el nº58 de El MUSO por nuestra compañera Marta Romero

Real Academia Española de la Lengua, “Viajar: Trasladarse de un lugar a otro, generalmente distante, por cualquier medio de locomoción.”

Allí estaba yo, frente a la pantalla de mi ordenador, intentando comprender todo lo que estaba sucediendo.
Y es que hacía tan solo dos días que alguien, no tenía muy claro quién era, ni de dónde había salido, (aunque lo cierto, es que se trataba de ese tipo de persona que transmite confianza, y quizás un poco de locura), se había pasado por el pabellón de ciclos para presentarnos su proyecto, bueno, aún solo se trataba de un sueño muy bien alimentado por la ilusión.
Después de múltiples fotos, para las cuales ni siquiera tengo palabras que las describan, un par de anécdotas y un incesante brillo en sus ojos que revelaba sinceridad y entusiasmo, nos ofreció la posibilidad de formar parte de eso que él estaba organizando.
Wow, pensé. Madre mía, qué locura. ¿Un viaje a Ecuador?¿7 días en la Amazonía?¿El centro del mundo?¿Kichwas? IMPRESIONANTE.
Esa misma noche reflexioné sobre ello, me pareció increíble, y me moría de ganas por ver todo aquello con mis propios ojos. Pensé en planteárselo a mis amigas al día siguiente, sabía que era un disparate, pero ¿Y qué?, todos sabemos que las grandes locuras dejan buenos recuerdos.
Tras multitud de argumentos, millón y medio de fotos, otras tantas súplicas y ruegos, ninguna accedió.
Rabia, rabia era lo que sentía.
Era totalmente consciente de que aquello que nos había contado ese señor algo despeinado y amigable, se llamaba OPORTUNIDAD (si, así en mayúsculas). ¿Y desde cuando se desaprovechan?
No me lo iba a permitir.
Viajar se puede hacer siempre, pero con esas condiciones estaba segura de que no volvería tener la ocasión.
De nuevo en la cama, y con los ojos como platos, no paraba de darle vueltas en mi cabeza. No tenía nada claro, pero si algo saqué en conclusión, fue que todo eso merecería la pena, estaba segura que si dejaba escapar la oportunidad, me arrepentiría durante toda mi vida. Así que conté algo de dinero que tenía ahorrado y decidí que era el momento de invertirlo en cruzar el charco.
Sí, yo sola, no necesitaba nadie más, sería yo y solo yo, quien cumpliese mis sueños, y me daría la oportunidad de conocer a gente nueva, lo que aumentaba aún más la emoción del viaje.
Según me levante, le dije a mi madre: “Mamá me voy a apuntar al proyecto de Ecuador”. ¿¿¿Que te vas a Ecuador???. Que me voy.
Y fue entonces cuando me di cuenta de que quien había escrito la definición de “viajar” no lo había hecho nunca, y no tenía ni idea de la de cosas que encierra la palabra.




miércoles, 21 de marzo de 2018

Las Musas visitará la Amazonía en el 2018


Este artículo ha sido publicado en el número 58 de la revista El Muso (Marzo 2018)

Ese titular podría ser la cabecera de El Muso un día 28 de diciembre, sin embargo es una realidad que ocurrirá este mismo curso. Con dificultades, como es lógico en un proyecto tan novedoso, pero con tremenda ilusión, ha empezado a caminar esta primera promoción que con seguridad continuará en el futuro.  

Ocho estudiantes de este centro, pisarán tierras ecuatorianas allá por el mes de junio para comprobar que los Andes y la Amazonía no sólo forman parte de los documentales de televisión o de los libros de texto, si no que son el escenario del día a día de diferentes nacionalidades indígenas que viven allá, en la mitad del mundo.

Diez personas formamos el equipo expedicionario que volará desde Las Musas a la maravillosa tierra amazónica, siete estudiantes de primero de bachillerato, una estudiante de Laboratorio y dos “profesionales” de las matemáticas por las mañanas y aprendices de casi todo el resto del día.

Sin embargo esta expedición también deja en tierra a más componentes, que dedicadas con amor a la geografía, los idiomas, y los laboratorios químico-farmaceúticos, están ayudando muchísimo a que nuestras mochilas se vayan aún más repletas de ilusión y conocimientos.

Llevamos trabajando meses para que el viaje sea mucho más que eso. Trabajando para conocer un país, una cultura, una diversidad de nacionalidades, de flora y de fauna, antes incluso de pisar el propio Aeropuerto Mariscal Sucre y trabajando para cohesionar un grupo que superase unido las dificultades económicas que se nos presentaban.

Hemos recorrido el instituto con nuestro logo estampado en camisetas negras, hemos repartido décimos de lotería con ilusión pero sin suerte, hemos vuelto a repartir suerte con la inédita porra amazónica (que reaparecerá) y sobre todo nos habéis visto rodeadas de flores recreo tras recreo para llenar el centro de cariñosos reconocimientos. También nos ha invitado la Embajada de Ecuador a un cálido encuentro para comenzar un hermanamiento entre nuestro instituto y el continente suramericano, y aunque hemos acabado algo extenuadas el trimestre, lo hemos celebrado comiendo un rico encebollado y unos patacones que regados  con jugo de maracuyá nos hicieron sentir casi, casi, allá.

Como decíamos, diez integrantes de este centro público viajarán al Ecuador y descubrirán su bella Amazonía, como hiciera Francisco de Orellana (aunque evidentemente con distinto propósito). Disfrutarán de Quito y su entorno andino y disfrutarán del paisaje amazónico en la comunidad de Misahualli a orillas del rio Napo. Y deseando que llegue ya ese momento y anhelando que el siguiente artículo en la revista sea describiendo nuestra experiencia, se despide esta primera expedición de Las Musas a la Amazonía.   

Rico cacao


Premio Nacional Vicente Ferrer de Educación para el Desarrollo

         Hace algo más de tres años regresaba a este país después de mi experiencia de vida latinoamericana. Durante unos meses todo a mí ...